Atienza tiene algo especial en Semana Santa. Sinceramente, no sé qué es ni cómo describirlo, pero es una época del año que siempre guarda un misterio, un embrujo, que por Semanas Santas que paso en mi pueblo nunca aventuro a descifrar de qué se trata. Esa luz, esos atardeceres, esas noches serenas y frías, esas farolas a medio encender cuando salen los Cristos el día de Jueves Santo, esa mañana silenciosa cuando no resacosa del día de Viernes Santo, solemne día de luto en el que las campanas del reloj de la Villa me resuenan en mi alma impresionándome, sin saber por qué, como no lo hacen a lo largo de todo el año.

Quizás sea porque cada año me conmueve igual que la primera vez el oír y protocolar como a un Dios hecho hombre le tratan como al peor de los bandidos y le matan en la más humillante de las muertes posibles. Cada año me suenan como un mazazo en mi corazón las típicas palabras de “Si he hablado mal, muéstrame en qué fallado; pero si hablé como debía, ¿por qué me pegas?” o aquélla de “vendrán días en que se dirá ‘dichosas las estériles y los pechos que no amamantaron’, porque si hacen esto con el leño verde, ¿qué harán con el seco?” o la típica de “Eli, Eli, lahma sabatacni”… O la primera vez que, rodilla en tierra, el Domingo de Ramos, se canta el “Perdona a tu pueblo, Señor”… Soy así, no lo puedo evitar…



Pero para los atencinos la Semana Santa empieza con el día más solemne del año, el por muchos esperado a lo largo de 365 días. Personalmente, tengo tres días al año en que se me encoje el corazón y se me ensanchece el alma: la Noche de Reyes, la Caballada y el día que aquí nos trata: el Viernes de Dolores. Son días de Atienza en estado puro.

Este año amaneció raso, con un cielo azul pálido que fue poco a poco nublándose hasta hacer que la procesión transcurriera bajo la lluvia fina y fría del mes de marzo. La cofradía del Santo Cristo en pleno acudió a la función, que este año contó con más asistencia de lo habitual… Luego, por la noche, la novena, a las 20:30. Creo que es un sentir general y que comparto aquí con todos vosotros, habiéndoselo hecho notar anteriormente a Don Agustín que la novena debería ser un poco más tarde… Así daría tiempo a los atencinos que viven en Madrid y Guadalajara a llegar con más holgura. Sé de más de cuatro y de cinco casos que no pudieron llegar a tiempo a esta procesión que tanto quieren por ser un tanto pronto la misma… Nunca es tarde si es para demostrarle nuestro amor a la Madre del Dolor. La procesión fue como todos los años: los niños nerviosos, impacientes de sacar su farolillo, las farolas de andas abriendo la comitiva y por delante de todas ellas, la farola de mano, sacada un año más por mi padre y por el Bernardino, encomiables sus labores. Personalmente, este año fue el primero que alcé de la Virgen y la verdad es que, aunque pesa un quintal y al día siguiente no me valía ni mover, tengo que reconocer que me emocioné cuando me vi debajo de la Madre que siempre me quedará cuando en su día me falté la madre de la tierra. Por tramos nos fuimos relevando: el Jesús Parra, el Sergio Somolinos, Valentín Leal padre e hijo, el Máxi Sanz, los hermanos Castel, el Jesús Somolinos, el Benito Torija, Jesús De la Vega “el Romero”, Chechu y Juan Eloy Asenjo, el Carlitos el Ballenero, el Titi, el Juan Jesús Asenjo… y alguno más del que seguro ahora me olvido… Cuando llegué a la Plaza de Arriba, me adelanté a la comitiva y me fui hasta el soportal de los Iturmendi con el fin de dejar grabando mi cámara un video que recogiera el momento mágico en que la Villa entera le canta en un corro de fuego, rendidos a los pies de la Virgen su himno, desde una perspectiva inmejorable… pero, infortunios del destino, se me acabó la batería sin que hubiese dado tiempo siquiera a que la Virgen llegara a la Plaza… ¡¡El año que viene prometo poner todo el día a cargar la cámara!! Dentro, fue la emotivísima Salve de la Caballada. No me tomen de machista, que no es esa mi intención, pero las voces de todos los hombres de la Villa entonando a todo lo que da su pecho esa canción es para ponérsele a uno los pelos de punta: Modesto, Eugenio, Santi, Félix y Álvaro Arias, Sergio Somolinos, el Titi, el Juan Jesús, mi padre, un servidor… en un corro estuvimos todos juntos entonando una canción entre clementísimas, piadosas y dulces Vírgenes Marías con un nudo en la garganta que deshacemos a fuerza de dos de pecho y lágrimas en los ojos, frutos benditos del vientre de la emoción. Son muchos más los que cantamos a la Virgen, he nombrado sólo a los que estaban en ese momento en mi rededor. Cuando un alivio cae sobre tu aplomo al haber podido escuchar esa Salve otro año más, una inmensa cola de gente espera paciente a besar el manto para pedirle tal o cual voluntad a la Dolorosa.

Y la semana fue transcurriendo hasta que llegó el día de Jueves Santo. La noche de antes es una alegría ver como van llegando coches, familias, de todos los lugares de España a volver a pasar unos días en Atienza. Me alegra y mucho ver las casas de Atienza casi todas abiertas.

Y el Jueves, por fin, por la mañana pudimos sacar a la luz nuestro periódico, con erratas estilo “fue en un poco más debajo”, que en la versión de Internet hemos modificado, pero con la satisfacción general de nuestros felices lectores. Prometemos el siguiente para finales de julio, principios de agosto, cuando la carga de los exámenes haya dejado de sernos pesada y antes de que la Comisión de Fiestas amordace a los miembros de la Dirección del periódico.

Y cómo no contar esa sensación única de Jueves Santo a las 7 de la tarde. Los miembros de esta juventud tenemos por costumbre bajarnos ese día a echar un partidito de fútbol al polideportivo, el cual siempre tenemos que disputar con un ojo en el balón y otro en el reloj por si se nos hace tarde para volver a coger la capa y el escapulario, que van a ser una prolongación de nuestro cuerpo durante cuatro bellos días. A las 7, coges el coche, subes a casa, te duchas, te acicalas bien, que hay que lavarse los pies jeje, te pones el traje, meriendas una torrija y un vaso de limonada, te enfundas la capa de mi padre y el escapulario que en su día me hizo mi madre con todo su cariño y coges la insignia que ha estado durante todo un año reposando día y noche, aburrida y expectante, en la misma pared de mi habitación, esperando el momento de su protagonismo que, por fin ha llegado. Así en doce casas de Atienza. Y nos juntamos nerviosos, encogidos, a mirarnos unos enfrente de otros, las varas chicas de los seises mirando a la Virgen del Carmen, las varas grandes de los mayordomos mirando a San José. Tras el Juan Manuel, va su hijo, el José Luis, tras él, el Valen, el Juan Ramón, el Santi Arias y el José Luis el Maestro; enfrente, el Castelillo, el Jesús de Portacaballos, el Antonio el Panadero, un servidor, el Pachín y siempre, siempre, cerrando la fila, el miembro que más años lleva en la cofradía, pero que sigue sentándose el último: el Modesto Arias.



Tras la misa, el Copón se guarda, triste y vendido, en el Monumento, usualmente se suele cantar el Tantum ergo, canción vetusta de muy bella letra en latín, pero que este año ha decidido no entonarse, quizás porque cada vez hay menos gente que se lo sepa… Los Santos y la Virgen de la Soledad dan la vuelta a las tres plazas, con cada vez, por cierto, menos gente para alzarles… a pesar de que se veía gente acompañando la procesión… El campanillo replicante, otro sonido más que me achica el corazón en Semana Santa va picando marcando el paso de la comitiva mientras anochece lentamente en la Villa entre sombras de nubes añiles y algún cachejo todavía de cielo azul clarito que iluminan esas preciosas y serenas luces blancas de las farolas atencinas. Cristo ve por última vez la luz de un anochecer en un paraje inmejorable en Atienza. El viento, eso sí, frío arrecia haciendo que la gente se apriete el abrigo o la capa contra su pecho.

Y amanece la solemne mañana de Viernes Santo. Rasa, silenciosa, con aires de grandiosidad acompañados de un ligero dolor de cabeza de las copas de la noche anterior en el Thithia, parte fundamental de la convivencia en buena sintonía de la juventud atencina. La cofradía de las Santas Espinas acude fiel a la cita a la puerta de San Juan mientras acompaña al cura por el Via Crucis que conduce al Calvario que es el cementario, Gólgota al que todos los atencinos tendremos que subir alguna vez en su día… La adoración a las Santas Espinas prosigue el Via Crucis.



Posteriormente, la cofradía baja a casa del piostre a tomar un tentempié de vigilia. Desde luego, la familia de Mariano Cabellos puede estar muy orgullosa del recibimiento culinario que hizo a la centenaria cofradía. Desde aquí mi más sincera enhorabuena.

Por la noche, de nuevo la procesión del Entierro de Cristo, como siempre, sobran las palabras. Me gustó ver como la gente joven de la peña del Reventón estuvo todo el rato dispuesta a alzar del Santo Sepulcro y de la Soledad, toda una demostración de devoción que se prolonga año tras año. Y cómo no mencionar a los angelitos. Este año hubo siete en vez de seis, a saber: Julia Torres, Mario Arias, Diego Albertos, Javier De la Fuente, Jaime Asenjo, el nieto de Gloria Gómez (que no recuerdo ahora cómo se llama, perdóneme sus padres) y Almudena, nieta de Narciso Leal. Quiero destacar desde aquí la labor que la cofradía de la Vera Cruz ha realizado por recuperar esta bonita tradición que estuvo muchos años de capa caída, otros muchos años desaparecida y que este año ha hecho incluso que haya más niños de los que marcaba el cupo. Amén se han recuperado los zorros (o látigos), que se habían perdido y ya se han encontrado, y el gallo, que no se ha encontrado pero que se ha sustituido por un pobre gallo de cartón, no muy bien confeccionado, pero del que puedo asegurar que la persona que lo hizo, lo hizo con las mejores de sus intenciones y entusiasmos.



El sábado de Gloria es el día del árbol para los jóvenes de la cofradía. Nos encanta ese día y el ambiente que disfrutamos esa tarde de ir a por el árbol al camino de La Miñosa a la par que merendamos entre risas siempre aseguradas y bromas más que jocosas. José Luis García, Valentín Leal y Antonio Albertos, junto con Jesús Parra (que ya no es de la cofradía, pero que sigue siendo fiel a esta tradición) y Álvaro Arias y Luis Alberto Hernando (que no son de la cofradía pero que siempre nos echan una mano), acompañados por un servidor fuimos, cortamos y trajimos una hermosa acacia, a la que este año han puesto de pega que le faltaba tronco… Este pequeño defecto que siempre buscan los veteranos de la cofradía es una pequeña broma que siempre ayuda a mantener más unido el grupo de los cofrades.



La última noche de fiesta por la noche de Atienza en Semana Santa va preoseguida de la colgadura de las roscas y los limones en la mañana de la Resurrección. Modesto, Santi, Félix, Jesús y, cómo no, el Antonio el Sacristán van acicalando el ramo, acabando la labor con un buen trago de vino dulce y un cacho de una rosca que, fatalidades del destino, todos los años se nos cae sin querer y ya no puede ser rifada… Bajamos a casa y nos ponemos, de nuevo y por última vez, nuestro ya mentado atuendo.

El Cristo Resurrecto sale por una puerta y la Virgen enlutada por la otra. Yo tengo por costumbre acompañar siempre al Cristo de los Tres Torreznillos y creo que tantos años viva, tantos años lo haré. Del campanillo de la Vera Cruz vuelve a escucharse tintinear, Dios ya no está muerto. Modesto Arias dirige la procesión. “¡Al suelo!”… “¡Arriba!”… “¡Al suelo!” … “¡Arriba!”… Y por última vez “¡Al suelo!” Cristo se vuelve a encontrar con su Santa Madre, a la cual ya no le apetece ir más de luto. Don Agustín bendice con incienso y agua bendita las imágenes y Modesto Arias vuelve a exclamar “¡Arriba!” mientras empieza a entonar “Toma Virgen pura, nuestros corazones…”.

La misa de Resurrección muestra la cara de sueño de los cofrades más jóvenes que han aguantado tres noches seguidas de trasnochadas y la cierta penilla que te da el despedirte de esos bancos transversalmente colocados en San Juan, del escapulario, la insignia, los versos de la Pasión, de la Semana Santa.



La rifa fue un éxito: casi todos los comercios del pueblo subieron algo para que pudieran ser donados: los bares, el estanco, las tiendas de regalos, los hostales, la fábrica de embutidos, una empresa de mudanzas… se sacó en bruto, una vez pagadas las flores al sacristán y las roscas a la panadería, 636€, que la cofradía donó gustosa a la Parroquia de San Juan para que satisfagan los gastos de, entre otras cosas, el arreglado de las campanas que esta Semana Santa se ha realizado, tras unos días calladas por estar en el taller.

La tarde de Resurrección, fría y soleada, me sirvió para volver a ver mi pueblo vacío, llenándome otra vez mi alma de melancolía, y para ir recogiendo los trajes de los angelitos para poder tenerlos preparados el año que viene, Dios mediante.

Me gustaría decir desde aquí que he echado de menos a dos personas muy especiales estos días: a Ruperto Collado y  a Alfonso Somolinos, de los cuales me he preocupado de su estado de salud. Ruperto esta bastante pochejo y su estado de salud no es nada optimista… Alfonso, aunque grave, sigue mejorando, lo cual es de festejar. Os hemos echado de menos, chicos.

Y quisiera destacar desde aquí la labor sorda, oscura de tres personas, sin las cuales la Semana Santa no sería posible: el Antonio el Sacristán, el Modesto Arias y mi humilde padre, los cuales se pasan muchas tardes metidos en San Juan ataviando los Santos, vistiendo a la Virgen de los Dolores, a la de la Soledad, montando el Monumento, yendo a por los ramos, arreglando las farolas, poniendo velas a los farolillos… Son muchas pequeñas cosas que nadie sabe y que muchos ni sabrán o ni se percatarán de que hay que hay que hacerlas, pero que si no es por ellos, no se harían y no habría, por tanto, Semana Santa en Atienza; y ¡que conviene que se sepa!

La Semana Santa se va como vino, sin saber muy bien cómo. El florido y alegre mes de abril pronto nos traerá otra fecha para encogernos de nuevo el corazón: las Santas Espinas… El sol, no sé muy bien por qué, todos los años igual, empieza a calentar el Lunes de Pascua, mientras toda la Semana Santa la tuvimos que pasar con el abrigo puesto… Es uno de esos misterios que me harán que el año que viene siga encogido cuando vuelva a ver que se acerca la Semana que marca el final de ese peregrinar por el desierto que es el invierno en Atienza con todos esos sonidos que me marcan y que he intentado describir aquí.


Actualizado (Sábado, 10 de Noviembre de 2012 22:24)

 

Comentarios   

 
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0 #2 loranquismo 15-04-2010 18:32
Cierto, no me habia dado cuenta. Gracias por tu puntualizacion. Quise decir carrasca y me salió acacia.
Gracias
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0 #1 Guest 15-04-2010 02:06
Creo que te equivocas amigo al llamar acacia a una encina.Pero de todas las maneras enhora buuena por tu articulo.
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