Es Atienza la antigua capital de los Thittios, habitantes del país de los Arévacos que nos cita Ptolomeo. Su historia, fue escrita, en múltiples ocasiones, con sangre de sus hijos. Su castillo roquero, fue testigo de incontables hazañas, cuyo secreto apenas pudieron confiar a la historia, pues los hechos acaecidos en los lugares famosos, hay que contemplarlos a la luz de la evocación y, en nuestra villa, esos hechos dejaron grabada la más profunda huella de su paso.

Muchas son las efemérides que tuvieron como escenario la sufrida villa de Atienza, la que suena muy pronto en la historia de la Reconquista del centro de España.

Fue Almanzor el que subiendo desde las orillas del Henares a la cuenca del Duero, bien porque la villa estuviese en manos de los cristianos, ya para castigar la cobardía ante las tropas de Ordoño, destruyó Atienza hasta los cimientos el 8 de Febrero del año 989.

No obstante, aun destruidas sus murallas y malparado el castillo, continuó éste siendo una fortaleza temible cuando el Cid, desterrado de la corte de Alfonso VI, comenzó aquella serie de maravillosas aventuras que nos cuenta su poema. Su entrada en Castilla la Nueva la hizo atravesando la cordillera.Fue en las proximidades de Miedes donde descansó con su tropa, como nos refiere de modo indubitable el poema: "A la sierra de Miedes - ellos ivan posar, - de diestro Atienza las torres - que los moros la han". El de Vivar se ocultó con sus seguidores, que "sin los peones y otros valientes, contó hasta 300 lanzas, todas con pendones" y no se atrevió a cruzar a la luz del sol por delante de la villa por considerarla "una peña muy fuort", por lo que este caudillo y sus hombres prefirieron caminar de noche para no ser vistos por los de la villa, en dirección a Castejón de Henares, donde prepararon una emboscada.

En las guerras entre don Juan II de Castilla y los reyes de Aragón y de Navarra, descolgáronse las huestes del enemigo sobre aquella comarca y se apoderaron de Atienza ocupando el castillo y permaneciendo en él algunos años, saliendo de la fortaleza con frecuencia para estragar la tierra. El inexpugnable castillo, estaba defendido por el caudillo del rey navarro, brioso como pocos hombres, mosén Rodrigo de Rebolledo. Juan II y su Condestable don Álvaro de Luna, con un regular ejército provisto de "ingenios et lombardas et truenos", la puso sitio y, apretado éste, Rebolledo y don Juan de Navarra, vinieron a conciertos con Juan de Castilla, el que entró en la villa, mas no en el castillo y, por despecho o para castigar a algunos traidores que en ella se albergaban, aportilló sus murallas, derribó algunas casa y quemó otras. Al fin, por tratos posteriores, Atienza recogió a su legítimo Señor.

Años más tarde, mantenían allí los rebeldes la voz de la Beltraneja, u fue menester un golpe de atrevimiento, para que en la más alta torre del castillo se levantase la gloriosa bandera de los Reyes Católicos. Fue el encargado de esta hazaña, el Caballero de estos, Garci Bravo de Lagunas, que puesto de acuerdo con un mozo de alcalde rebelde, subió con un puñado de guerreros por una escala de cuerda al amparo de una noche oscura y se apoderaron de la fortaleza, hallando allí cien mil florines, premio, con otras mercedes, de su atrevimiento.

También nuestra villa durante la guerra de la Independencia, como otros muchos pueblos, fue castigada por parte de las huestes francesas. En Atienza permaneció algún tiempo el general Hugo, retirándose con sus fuerzas hacia la Alcarria para vigilar los movimientos del Empecinado y, apenas abandonada la villa por los franceses, surgieron en ella varias partidas de patriotas para combatir al enemigo, pero Duvernet, al frente de una fuerte columna, entró en Atienza el 7 de Enero de 1811, encontrando a su vecindario desprevenido y sin posibilidad de defenderse, y en la mañana siguiente la soldadesca se dedicó a saquear las casas; a desvalijar los templos, llevándose varias arrobas de plata labrada; a desmantelar el castillo y a incendiarla población por distintos sitios, sin que los atribulados atincianos pudieran combatir el fuego, que sólo dejó los muros de la iglesia del Salvador y los del hospital de San Antón, reducidos a escombros, siendo también pasto del las llamas la cárcel, el pósito y más de setenta casas de los arrabales de Puertacaballos, de la Trinidad y de San Bartolomé, sufriendo otras muchas, así como el Hospital de Santa Ana y el convento de San Francisco.

He dejado para el final otro hecho que merece constancia. Me refiero al que anualmente, de forma ininterrumpida desde hace ochocientos años, conmemora "La Caballada", cofradía cívico- religiosa de recueros, de las más antiguas de España en su género, fundada por Alfonso VIII, el que la concedió el uso de la bandera, conservando sus auténticas Ordenanzas del año 1158, escritas en pergamino y que, "como oro en paño", son guardadas por el hermano mayor o prioste de la misma. Tal asociación gremial trae su origen del servicio prestado por los arrieros y mercadantes de la villa a la persona de dicho monarca, a la sazón de cuatro años de edad, cuando para liberarle de las manos del rey de León, su tío, un caballero llamado Pedro Núñez, Señor de Fuentealmejir y descendiente del linaje de los Garceses, lo llevó desde San Esteban de Gormaz a la villa de Atienza, donde permaneció algunos meses, ya que la historia nos dice como el Obispo de Sigüenza, don Cerebruno, ejerció su magisterio en la persona del reyecito, que era "vivo de cara et de buena memoria que retenía bien las cosas que oía et de buen entendimiento". El leonés, ansioso de ejercer la tutoría del joven monarca, solicito de los atincianos que le fuera entregada la egregía persona a lo que éstos se negaron. Después de muchas deliberacionestenidas en la villa y disfrazado de arriero, fue sacado de la población por un grupo de valientes, ante las mismas barbas de los soldados leoneses, sin que éstos se apercibieran de que dentro de los componentes de ese grupo iba nada menos que el rey-niño. Los arrieros prosiguieron su camino con el rey Alfonso hasta Ávila, donde lo dejaron en poder de los Lara, a cuyo linaje correspondía la tutoría. El rey, años después, en agradecimiento a tan estimable servicio, otorgó a los arrieros y mercadantes de Atienza carios privilegios, por los cuales eran dispensados de diversos pechos y les concedió honores. Esta cofradía tan típica está constituida: por el prioste o hermano mayor; seises, que son los que han servido la vara en años anteriores; el abad; Secretario o fiel de fechos, y el sayón o manda, especie de alguacil, y un número no mayor de cuarenta labradores. Todos los cofrades visten chaquetilla corta con algunos bordados, a excepción del priostre y seises, a los que les es obligado llevar sobre sus hombros capas de paño del pais. A todos ellos obliga la asistencia a las juntas y son castigados severamente los que, sin motivo justificado, excusan si asistencia. La fiesta es celebrada, como antes indicamos, el dia de Pentecostés y el recorrido de dicho día lo hacen todo a caballo.

Zacarías Sanjuan Garcés
(Texto sacado del folleto: Publicaciones de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja)

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