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admin el Lunes, 31 mayo a las 21:46:27
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La emotiva alegría de ser Domingo de Trinidad
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admin el Lunes, 31 mayo a las 21:46:27
¡Uf! Es tardísimo. Mientras
pienso en lo que me dijeron cuando entré en la Escuela de Obras Públicas:
‘Un ingeniero tiene que saber de todo’ y me pregunto que por qué tengo que
saber yo programar en Pascal (para que la gente lo entienda, es como si a un ingeniero
de Informática le mandaran estudiar Ferrocarriles), recojo con la satisfacción
de que me han salido todos los ejercicios que he hecho esta noche de ese mundo
abstracto que es la programación informática y me apetece sacar a pasear esa
vena de poeta que se me enciende con estos días en Atienza.
Me imagino cómo estará ahora la Plaza de Abajo de mi pueblo:
serena, tranquila, guardando en cada uno de los bloques de piedra de sus casas
las notas de las dulzainas que le han alegrado todos estos días, resacosa
quizás de la andaduría de caballos por encima de sus adoquines.

Me imagino a
uno de los gatos del Toño el del Cacharé cruzando en este mismo instante
sigiloso de un lado a otro la calle del Santo Cristo, con el maravilloso
campanario de San Bartolomé al fondo, que está algo triste porque ha visto hoy
por última vez la bandera octocentenaria de la Caballada, preguntándose
cuántos años harán de pasar para que la vuelva a ver desde su posición inmóvil.
Me imagino la cuesta del Mirador, con el arco de Guerra al fondo, tranquila,
inmutable, apacible, silenciosamente alegre de que esa bandera ahora le toca a
ella disfrutarla. Me encantaría estar paseando por esos sitios para compartir
con el campanario de San Bartolomé, con el Arco de Guerra, con la fuente de la Plaza mis recuerdos de lo
que es uno de los días más emotivos del año para un hermano de la Caballada.
Como el viejo Ebenezer Scrooge en
el ‘Cuento de Navidad’ de Dickens, guiado por los tres fantasmas de la noche,
de repente aparezco en el salón de El Mirador la tarde de hoy, Domingo de
Trinidad, a eso de las 5. Estoy sentado con un codo apoyado en el respaldo de
la silla, en la cual estoy lateralmente sentado. Como empequeñecido y
ensimismado por la altura de la situación, permanezco callado y atento, mirando
al Jesús el Romero y a Longinos Fuentes, el cual no puede contener la emoción y
rompe a llorar recordando que a esa vara que vuelve, de nuevo, once años
después a la casa de los Fuentes, le falta un hermano, le falta su hijo, el que
le hizo meterse a Longinos, a su tardía edad, a la Caballada; le falta
Luisito Fuentes. Mi primo Gonzalo, que está delante mía me dice ‘Hay qué ver
qué emotivo es el Modesto, se ha emocionado’. Giro un poquillo la cabeza y,
efectivamente, ahí estaba Modesto Arias, con su aire de insigne caballero
atencino de corazón acorazado con los ojos mojados en las lágrimas de quien es
el más veterano de la
Cofradía y ha visto perderse por el camino a tanta gente que
él quería, su padre el primero. Miro un poco en rededor. Como él, y yo me
incluyo, hay muchos que aprietan sus labios con el aire de tíos duros que nos
corresponde por ser de esta cofradía, pero con el lagrimal caliente de la
emoción. En la anarquía sentimental que es mi cerebro en ese momento, logro
decirle al Gonzalo: ‘Esta cofradía es de días muy alegres, pero también es de
días terriblemente (¿dije terriblemente?) tristes por los que se han ido; y
cuánto más especial sea la ocasión, más tristeza te produce (¿dije produce?); y
ahora que les toca a ellos volver a servir la vara es cuando se acuerdan del
bueno del Luis’.
Pocas frases tan mal
estructuradas y pensadas resumen mejor lo que es la preciosa Cofradía de la Caballada, con sus
flores en el campo, en las chaquetillas y en el alma, con sus gaitas y
tamboriles tocando jotas y pasacalles, pero con capas negras, señorialmente
enlutadas y sus camisas blancas, peregrinas de una carrera de relevos que
recorrieron los que tanto quisimos y que hoy tenemos el honor de recorrer
nosotros en persona montados sobre el emocionante caballo de la Historia de la Villa. El caso es que,
25 años después de que Goyo Fuentes tuviera de mayordomo a su padre, el
Longinos, la insignia de piostre vuelve a la ya mencionada familia. Es una
alegría emotiva, que no va a impedir que lo celebren con todos los honores que
la ocasión merece. No sé cómo se llamará el hijo que Álvaro Fuentes va a tener,
pero siempre podrá decirle a sus amiguitos, cuando sea mayor, que él nació el
año en que su padre tuvo la vara de la Caballada.
De aquí en 18 años, lo podrá decir con la bandera de la Caballada bordada en
forro negro sobre su corazón, seguro.
Vuelvo a mi situación
retrospectiva en la silla del salón de El Mirador. La gente ha roto en aplausos
a las palabras de mi amigo Longinos, el cual vuelve a su sitio, lo mismo que el
Romero y el Sergio, que se sienta a mi izquierda, como ha hecho a lo largo de
toda la comida. Le miro y, de repente, se me viene a la cabeza la imagen de una
foto de esas que ves en los libros antiguos que hablan de Atienza y de su
fiesta más insigne. La foto es ya en color y sobre un caballo gris aparece,
elegante, señorial, como soñaría yo ir encima de un caballo si tuviera esa
planta, Higinio Somolinos, con el sombrero impecable, la mirada fuerte, seria,
hacia el frente. En una mano coge la insignia de piostre y en la otra sujeta un
vaso de limonada, que se tomará con el balcón de esquina de fondo. Como si de
un centauro se tratara,

hombre y caballo forman un bloque incorruptiblemente conjunto,
como si el llevar un par de cosas en la mano, amén de las riendas del animal,
no le impidiera a Higinio perder la compostura. De repente, esa imagen se
transforma en la misma situación el domingo pasado, con su hijo en su papel. El
mismo color de pelo oscuro, la misma mirada robusta, la misma planta fuerte, la
misma insignia, la misma plaza, la misma hora. El tiempo se transformó treinta
y pico años después en el modelo de lo que es el caballero castellano. Nunca se
lo he dicho, ni se lo diré nunca, obviamente, pero cuando me pongo esa
chaquetilla quiero actuar con el mismo porte con que lo hace Sergio Somolinos De
Marcos. Con el lagrimal encendido aún, como ya he dicho, por las palabras del
Longinos, miro al Sergio y a su madre, la Jose, y pienso cuánto le hubiera gustado a
Higinio haber visto a su hijo con la vara de la Caballada en la mano. Y
cómo a él, a sus dos abuelos, el señor José e Higinio Somolinos padre,
generaciones y generaciones de devociones a la Virgen de la Estrella y a su bandera
arrieril. De nuevo, la expresión de la alegría emotiva me viene inevitablemente
a la mente al recordar esa felicidad que se respiraba en las primeras horas de
la mañana del domingo pasado al ver a los caballos en la puerta de la casa del
Sergio, con la bandera puesta sobre su balcón.
Me encantaría poder extenderme en
todos los cofrades que en su día dieron la última carrera y nos pasaron el
testigo de su relevo, pero no sé. Vaya esta crónica por todos aquéllos que en
su día se pusieron esa capa, ese sombrero y comieron en ese imponentemente
sencillo comedor de la ermita de la
Estrella y que abandonaron este valle de lágrimas
definitivamente: Juanito Asenjo, el señor Dionisio Arias, Prudencio De la Vega ‘el Romero’, Eugenio
Gonzalo ‘el Cocina’, Tomás Galgo, José Luis Mesón ‘el Mela’, Luisito Fuentes,
Higinio Somolinos, el señor José ‘el Pelos’ y tantos, a los cuales no he
llegado a conocer, pero que seguro que son los primeros que, a pesar de haber
pasado muchos años, alguno de nosotros todavía se ha acordado de él al salir
esta mañana de su casa con la capa y el sombrero en la mano, rumbo a pasar un
nuevo Domingo de Trinidad con su hermandad.
Tras la exquisita y opulenta
comida que Carmelo Fuentes nos dispensó (mi enhorabuena desde aquí, Carmelo, te
has portado), corriendo fuimos todos a por las capas dispuestos 
a seguir, un
año más, con el delicioso ciclo de pasar la insignia, que en su día cogieron
todos los aquí homenajeados, a un hermano que todavía no la había cogido. Tras
la lectura del acta de cambio de puestos, perfectamente seria leída por Jesús
De la Vega, que
nació para ser secretario de la
Caballada, cada vez tengo menos duda de ello, llegó el esperado
momento. Postrado de rodillas ante la iglesia más bonita del Mundo, Álvaro
Fuentes cogió la vara, en uno de esos momentos que duran escasamente tres segundos
pero que recordarás durante toda tu vida. Instante seguido, su hermano Miguel
Ángel, cogió la de mayordomo. Tras rezar a los patrones, por nuestros hermanos
difuntos, por el primer hermano que fallezca (frase que nunca dejará de
impresionarme), cantamos la bellísima Salve, la cual no volveremos a oír hasta
el Viernes de Dolores del año que viene. Habiéndonos hecho la foto de familia de
rigor, la comitiva, guiados por la alegre música de los gaiteros (con Mario
Arias de simpático acompañante), van a casa del Sergio a ‘despedir las
insignias’. Tras buscar las mujeres de este año a las nuevas piostra y
mayordoma, se procede al emotivo despido de las insignias. ‘Que la sirva usted
de seis’, ‘que la sirva usted de piostre’, ‘enhorabuena’, ‘que la sirva usted
de seisa’, ‘que la sirva usted de piostra’, ‘enhorabuena’. Alguno siempre se
salta el protocolo y, sin poder resistir, le planta un par de besos a alguna de
las mujeres. Ya tiene multa para el año que viene, lo sabe perfectamente.
Con el último sonido de las
dulzainas del año, cruzamos el cerro que alberga a Atienza y nos vamos hasta el
Mirador, de nuevo. El júbilo que da el ver cómo llega la Cofradía a tu casa es
indescriptible. Aunque yo haya intentado describirlo aquí.
¡Aivá! ¡Madre mía, qué horas! Mi paseo
por los recuerdos de la emotividad me ha retrasado mucho. Mañana habrá que
levantarse para ir a las que, crucemos los dedos, sean mis últimas clases de la
carrera.
¡Enhorabuena Álvaro! Que la
sirvas de seis con mucha salud.

Fotos: Juan Jesús Asenjo, Antonio
Ruiz, Esperanza De la Vega
y Alberto Loranca.
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